Un hermano, esa persona que siempre tienes en casa, con la que has jugado a las cocinitas, con la que has construido mil y un fuertes con los cojines y mantas de toda la casa, con la que has reñido, habéis discutido. Los hermanos, cuántas riñas, disputas, buenos momentos y risas, como cuando jugabais al "torito enfadado", a adivinar los anuncios, a maquillaros o a disfrazaros de mamá y papá.
Por desgracia, esos hermanos crecen y maduran a otros ritmos diferentes al tuyo, uno antes y otro después, por eso llega el día en el que no quieren jugar más contigo, o mismamente quieren hacerlo pero a la play. Ya se quedan en el baúl todas esas tardes de domingo. Y al final, empiezan otros juegos distintos, el quedarse de noche hablando hasta tarde, los intercambios de ropa, de comentarios, de consejos... Y de ahí hasta que nuestra casa quede vacía, los estudios, el trabajo, si son todo etapas. En este caso, se cierran tres etapas y se abren otras tres, irse de casa a estudiar una carrera fuera, empezar el bachiller y empezar al instituto, menudo año de cambios, que rápido ha pasado todo, y qué rápido pasará a partir de ahora.
Aquellas costumbres que teníamos antes ya no volverán, las que tenemos ahora se irán, y lo que tendrá que llegar, que llegue, pero siempre con los mismos. Con las únicas personas con las que puedes discutir todos los días del mes, pero con los únicos que sólo tú te puedes meter, que nadie te diga nada, porque son tus idiotas, los tuyos.
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