Ella no quería
que llegase ese día, no quería que él se fuera, no, aun no, él no. Estaba
llorando como una niña, al fin y al cabo no hacía mucho tiempo que dejó de
serlo. Intentó por todos los medios que no se le escaparan las lágrimas, pero
no se pudo contener cuando salió de aquélla cálida e impoluta habitación, sus
ojos ya estaban inundados en lágrimas, respiró hondo, intentó evadirse, pensar
en cualquier otra cosa, pero no funcionó. Se metió en el baño que había al
fondo del pasillo, y lloró como si ya no hubiera mañana. Apoyó la espalda
contra la fría pared y se dejó caer poco a poco, deslizándose por el muro
blanco hasta llegar al suelo, con la cara hundida en las manos temblorosas.
Al cabo de unos
instantes, se vio con las fuerzas suficientes para levantarse poco a poco, ella
era fuerte, sin cesar de llorar, pero más calmada, apoyó las manos en el lavabo
y se miró al espejo, tenía los ojos hinchados y rojos, y las mejillas húmedas,
era de esperar. Abrió el grifo de agua fría, metió las manos bajo el chorro
transparente y se aclaró la cara varias veces, cuando acabó, cerró el grifo y
respiró hondo, muy hondo, llenó sus pulmones lo máximo que pudo y soltó el aire
despacito. Cogió un trozo de papel y se secó la cara con cuidado.
Salió del lavabo
y se topó con su madre, sin cruzar palabra alguna madre e hija se abrazaron y
ella rompió a llorar de nuevo con un tono amargo que no pasaba desapercibido en
sus llantos. La madre la apretó contra ella con más fuerza y mientras le
acariciaba la cabeza le dijo con la voz más suave y triste que una madre puede
tener: “no estés triste, ya sabes que
él siempre estará contigo”. Entonces, la joven, se dejó llevar y
empezó a pensar, sus recuerdos revoloteaban de un lado para el otro en su
cabeza, las tardes de cine junto a él, las mañanas de domingo corriendo en el
parque los dos juntos, las bromas que compartían, todos los buenos momentos con
él, habían sido tantos en tan poco tiempo que eso hacía que le doliera más aun
que se tuviera que ir.
Cuando ella volvió en si, su madre
lloraba en sus brazos, no había consuelo para ninguna.
Entonces fue
cuando un hombre con semblante serio y bata blanca se les acercó, no hizo falta
que abriera la boca, ambas sabían lo que acababa de pasar. Su madre la volvió a
abrazar y escoltada por aquel hombre se fue llorando hasta la habitación de la
que la habían echado horas antes. Mientras esto ocurría, ella se quedó quieta,
en medio de aquel pasillo que ahora parecía más largo que nunca, como si no
tuviera fin, pensando, asimilándolo, no podía creerlo aun, se había ido, él... “
Mi padre ha muerto”, fueron las únicas palabras que se cayeron de su boca
en un susurro, allí parada, allí sola.
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