Rojas las mejillas
y frías las manos que,
con brillante sutileza
dibujan corazones en su espalda.
Una noche como tantas otras,
cálida en el interior,
gélida ahí fuera,
donde esperaba y
desesperada buscaba
un recuerdo de lo que fue
y ya no es.
Rojas las mejillas
y frías las manos que,
con brillante sutileza
dibujan corazones en su espalda.
Sentada en una mesa,
vacía, como está ella,
mira tras el cristal,
un cielo que ya no conoce,
mientras una lágrima rueda
cayendo en el olvido de la intimidad.
Rojas las mejillas
y frías las manos que,
con brillante sutileza
dibujan corazones en su espalda.
La luna ya no está llena,
las estrellas no destellan,
el sentido se ha olvidado,
junto con la nada y
el sabor de su boca.
¿Por qué?
Porque sus mejillas ya no son rojas,
ni frías las manos que,
con brillante sutileza,
dibujaban corazones en su espalda.
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